
Sara es linda y no le gusta ser conflictiva. Desde chiquita le enseñaron que con una sonrisa podía evitar pensar demasiado, porque todo el mundo podría caer a sus pies sin necesidad de mayor esfuerzo intelectual. Toda esta cháchara se le metió tanto en la cabeza y la práctica de estos consejos resultó tan gratificante que ahora Sara sabe bien que lo único que debe hacer es aceptar al idiota de Marinovio que tiene al lado, detestable y egoista.
Un sujeto que cada vez que puede hace alarde público de haber conseguido a un trofeo atractivo y complaciente, una mujer a la que mantiene contenta con un presupuesto exclusivo de spa, ropa y demás comodidades frívolas. ¿Les suena conocido?Es parte del lifestyle de mucha gente en el mundo. Parte del modus vivendi de Coco, el esposo de Sara que considera que ella trabaja sólo porque está de moda no quedarse en la casa como en las épocas de su madre.
Lo peor es que Sara es talentosa y no lo sabe, ni siquiera quiere averiguarlo. Pero esta vez no hablaremos de sus aún no exploradas cualidades intelectuales, sino de las malas artes del Marinovio de marras, quien la humilla de la manera más baja cada vez que se toma un par de tragos.
Casa de Sara y Coco, 10 de la noche de un sábado cualquiera. Mi Marinovio y yo, invitados por primera vez para una conversa.
-Estuve de viaje en los Estados Unidos por una semana- comenzaba a contar el fulano- y no había hecho mucho esfuerzo en llamar a la casa porque, ustedes saben, uno tiene mucho que hacer a veces en estos viajes de trabajo, continuaba mientras se cogía la panza en actitud relajada.
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De pronto volví -continuaba el cerdo ese- y mi Sarita. ¿ Que hacía? ¿Acaso estaba esperando al marido? No, estaba dizque haciendo horas extras como si eso le diera siquiera el diez por ciento de lo que yo le doy para que se compre esos zapatos caros que tanto le gustan.
- ¿Y que me quedó por hacer?- proseguía el detestable- Al ver que no estaba, fugué a descargar un poco de stress al club y me quedé con mis amigos... ¡Para que tiene uno una mujer si no lo va a atender cuando lo necesita!- seguía diciendo, mientras Sara intentó interrumpirlo.
- Y claro, te quedaste hasta la seis de la mañana, y además...
- Déjame hablar Sara, no entiendo porque me complicas la vida siempre...
De pronto el energúmeno deja de mirarme, se dirige a mi Marinovio y le dice:
- Ya ves, lo único que hacen las mujeres es complicarnos la vida.
Vuelve a mirar a Sara y ordena: Mira Sarita, el cachorro (un bellísimo Yorkshire Terrier) se está durmiendo, ¿porque no lo llevas con la empleada?
Invadida inmediatamente por la furia que producía la vergüenza ajena y la agresión al género femenino, me levanté y tragando saliva dije:
"Te equivocas querido Coco, ustedes los hombres son los más complicados".
De inmediato la prudencia me ordenó que vaya al baño a lavarme la cara y contar hasta diez, porque si no lo hacía, mandaba al diablo a este sujeto en su propia casa. Y bueno, a pesar de su estrechez emocional, Sara era una de las chicas con las que mejor me llevaba en el trabajo y no quería perjudicarla de algún modo.
Me miré al espejo fijamente para descubrir si seguía siendo la misma o me había transformado en una actriz de reparto sobre maquillada y melosa.
¿Estaba metida en una escena de telenovela de televisa y no me había dado cuenta? Esto no puede ser real, pensé mientras frotaba uno de esos jabones perfumados en forma de pescadito, que deshice entre mis manos de tanta furia.
Pero al salir, estaba Sarita, misma "mujer que ama demasiado", poniendo hielo en el whisky del asqueroso y diciéndole a mi Marinovio que desde que ella y el cerdo eran enamorados, él prefería siempre que fuera ella la que le preparara los tragos.
- Es como un niño, señalaba con una sonrisa resignada.
Coco, el patán, la miraba orgulloso y decía: Así es, siempre discutimos, pero nos queremos mucho, ¿no es cierto muñequita?
Y continuaba su discurso barato, mientras le lanzaba a Sara una mirada libidinosa a cierto par de generosos atributos de su anatomía:
-¡Cuántos hombres hubiesen querido casarse con ella! Y aquí me tienen, se la agarró el feo del grupo, pero la conquisté pues hermano (otra vez miraba a mi Marinovio). ¿
A cuál de sus enamorados se le hubiera ocurrido invitarla a un crucero? ¿Cuál de sus pretendientes iba a ganar como yo? ¡Has tenido suerte sinvergüenza!, le decía a la pobre, mientras sonreía con un gesto que a mí ya me estaba dando náuseas.
Aggg!!! Ya era demasiado, demasiado, pensé, mientras me atoraba con el vino. Y eso me dio una razón más para fugar de ese infierno al que Sara llamaba hogar.
Y yo que creí que sujetos que piensan que las mujeres se compran, sólo existían en la ficción de las soap operas, en el mundo musulmán o en el pasado. Compruebo ahora que esos monstruos sobreviven alimentados por la pasividad de Marinovias que los aguantan estoicamente generación, tras generación.
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