S.O.S. ¡Padrastro al ataque!
Es viernes en la noche y tengo trabajo pendiente en la computadora. Sin embargo, el bendito msn está abierto a la espera de la presencia de una amiga que confirmaría si al día siguiente reuniría a las chicas para ir por ahí a juerguear un poco.De pronto, aparece un desconocido saludando en una flamante pantalla de conversación: ¿Quién eres?, pregunto inmediatamente y el sujeto responde: alguien de Trujillo. Sin perder tiempo hago lo que acostumbro cuando veo a alguien que no conozco. Reviso la tarjeta de contacto primero y advierto que el sujeto había colgado una foto suya en la que lucía sin camisa y con el cierre del jean entreabierto: ¡Ajá! -me dije a mi misma- uno de esos... Y si pues, ante la presencia de "uno de esos" no queda más que una frase de despedida que no tiene porque ser grosera, después de todo soy una dama: Disculpa chico, no te conozco, ¡adiós!...
Lo borré, no lo bloquée... quizás ese fue mi error.
En los días subsiguientes, el sujeto anónimo insistió: que hola sexy, que quiero conocerte, que eres linda, que no te hagas la difícil, etc, etc... En una de esas le pregunté cómo es que había conseguido mi dirección de correo y cuando esperaba que me respondiera desapareció.. Una semana después me enviaba correos con sus perfiles públicos en páginas para buscar pareja, hacer amigos, esperar que otros voten para ser elegido sexy o no y demás hierbas existentes en ese mundillo de gente que está buscando ligar por internet. Continué ignorándolo y ni siquiera me di el tiempo de abrir los links que me enviaba en, por lo menos, una docena de correos.
Un día el chico con el que comenzaba una relación de marinoviazgo, me reenvía uno de esos clásicos correos de chistes, que a su vez había recibido de su madre. Por alguna razón había tomado atención a los remitentes de la señora. Eran dos: la dirección hotmail de mi Marinovio y la misma pinche dirección del sujeto que me había estado molestando anteriormente. Lo primero que pensé era que el desconocido que lucía semidesnudo era en realidad su hermano menor que vivía en Trujillo y que había husmeado en la lista de contactos de mi Marinovio cuando éste pasó una temporada con su madre en esa ciudad. Como es obvio le pregunté a mi amado a quien pertenecía la dirección de correo: la sangre se me congeló cuando me contó que pertenecía nada menos que a su padrastro.
¡Maldición!- dije para mi misma- y con toda la razón del mundo agregué: Viejo de m...
En realidad no sabía si era tan viejo. La madre tiene 52 años y quien sabe si por allí se consiguió una pareja mucho más joven. Total, la foto que uno cuelga en el messenger puede ser falsa. Lo único que sabía entonces era que mi Marinovio no pasaba para nada al padrastro y que por eso la prudencia me pedía que mantenga la boca cerrada. Sin embargo el problema iba a complicarse. En una semana más viajaría a Trujillo y la amable madre de mi Marinovio, a la que no conocía aún, me había ofrecido hospedaje en su casa... En pocas palabras, la caperucita -o sea yo- estaba a punto de ir a la casa del mismísimo lobo feroz... ¿Qué hacer? ¿Contárselo todo a mi Marinovio? En realidad no sabía cómo reaccionar.
Para entonces mi Marinovio estaba ya en Trujillo. Conectado en la misma computadora en la que el pipiléctico de su padrastro había estado molestándome semanas antes, mi amado me contó que había discutido con el tipo ese y que había decidido trasladarse a un hotel. Lo mejor, según me dijo, era que yo le diera el alcance en el hospedaje, en lugar de ir a la casa de su madre. Respiré aliviada.
Sin embargo, el hecho no me liberaba de la inminencia del encuentro con el detestable sujeto. Mi prospecto de suegra se moría por conocerme y según los nuevos planes nos encontraríamos en la casa de otro familiar, cerca de la playa.
Era yo el atractivo y novedad de aquella fiesta familiar, así que el evento tenía de por si su pequeña cuota de tensión. Cuando la puerta se abrió estaba allí la mamá y detrás de ella un sujeto de unos 45 o 47 años de edad con una sonrisa de oreja a oreja y una frescura espectacular que me tendía la mano para que lo salude y la apretaba fuertemente, segundos después.
Lo que sentí fue una mezcla de asco, con un sentimiento de solidaridad de género hacia la madre de mi Marinovio. El tipejo no dejaba de sonreir y hacerme mil y una preguntas delante de todos. Se mostraba sociable, "encantador", "buena onda"... aparentaba que quería hacerme sentir bien en medio de todas esas pesonas que -a excepción de mi Marinovio- eran desconcidas para mi. Yo le respondía con cortesía, tragándome la rabia, e intentaba desviar la conversación a mi pobre suegrita que no sospechaba ni un ápice de los mails que el tipo ese que tenía de pareja me había mandado.
Felizmente el sujeto no sobrepasó la valla de una excesiva amabilidad. Sin embargo me asalta aún la duda de contarle o no a mi Marinovio del comportamiento de su padrastro. Lo que no puedo entender es qué puede llevar a un sujeto como ese a intentar ligar (quizás ya lo logró con alguna por allí) a chicas por internet cuando ya tiene una pareja formal y peor aún: intentar acosar a las chicas de la lista de contactos del hijo de su esposa. ¿En qué mente enferma puede caber eso? Mientras me pregunto todo esto sigo dudando en la utilidad de contarle o no a mi Marinovio de todo este asunto.





















