@@@ El Cyber-Marinovio (2nda parte) @@@

Cuando escribí El Cyber-Marinovio (1era parte) mentí sin intención. Sí soy reincidente en cyber-romances, pero no dos, sino tres veces (me había olvidado de uno, realmente el tiempo lo cura todo)... Así que tenemos hasta para una tercera parte, cosa que analizamos juntos el fenómeno... (ustedes con sus acertados comentarios, que a propósito, gracias, me hacen sentir menos rara).
Un par de años después de haberme cruzado con el nefasto Shade y haberme roto el corazón en mil pedacitos, volví a las cyber-andadas... Queriendo aplicar la VERDAD #1: Un cyber-clavo saca otro clavo, comencé a meterme a salas de chat argentinas, que como coincide conmigo la Marinovia Brujita, son más interesantes y menos groseras. Será que hay más movida cultural por allá y los chicos pueden chatearte de varios temas diferentes.
Conocí a una pareja de chicos que se había conocido en ese chat y resultaba que estudiaban en la misma facultad en Buenos Aires, por coincidencia mi misma carrera. Total que de tanto hablar nos hicimos muy cyber-amigos. Cuando se conocieron en persona se enamoraron y continuamos nuestra amistad con más entusiasmo. De vez en cuando me llamaban por teléfono. Para los malpensados, esta no es la historia de un cyber-triki, sino que sólo quiero decir que estos dos, me agarraron camote. Ellos tenían otro interesante amigo común, Pucara, a quién querían cyber-emparejar conmigo. Total que tanto hablarme maravillas de él (me imagino que lo mismo viceversa) y tantos días conversando, caí.
En realidad terminé de caer cuando Pucara me escribió un cuento sobre un dragón llamado Pufo que salvaba a la princesa Zanahoria (por esa época me había pintado de pelirroja y me decían Zani) de la malvada bruja de hielo. Azu, ¡cómo me acuerdo todavía! Es que si algo puede conmover el corazón de una chica es que le dediquen una obra de arte, sea un cuento, una canción, un poema, un cuadro, etc.
Total que obligué a mi mejor amigo a chatear para que lo conociera y me diera su opinión. Se hicieron grandes cyber-patas. Lo difícil venía otra vez, con enfrentar a mi familia. Pero la segunda vez es más fácil. Esta vez no me tomaron muy en serio creo y me dejaron ser.
Pucara me dijo que estaba ahorrando para venir a pasar los tres meses de verano a Lima, por lo que me recorrí todos los albergues y hostales de Lima, con mi mejor amigo, para mandarle info y precios. Ajá, tuve que soplarme las caras de suspicaces recepcionistas de quinta, que no querían creerme cuando les pedía precios por tres meses y no tres horas.
Pero nada importaba, yo soñaba con la noche en que por fin estuviéramos juntos-juntos, pues no me cabía duda de que nuestra química sexual debía ser excelente. Parte de la preparación de bienvenida fue comprarme un negligé rojo de seda, con el que atormentaba a Pucara en nuestras cyber-citas.
Total que llegado el momento de venir a Lima, Pucara retrocedió, mismo Shade, primero me comenzó a tratar friamente y luego me dijo que toda la plata se la había prestado al hermano. Allí comprobé una vez más y con el dolor de mi corazón, que en el chat las palabras valen un comino. Otra vez me había hecho mierda por un personaje al que ni siquiera había tenido el gusto de oler.
Con el tiempo lo perdoné y entré en razón... Además que terminé enamoradísima de mi mejor amigo, ajá, ese que me estaba apoyando tanto con el asunto de Pucará, lo cual nos parecía un tema de lo más gracioso.
A lo largo de los años Pucara y yo nos seguimos escribiendo, sólo como cyber-amigos. De vez en cuando me llegaban paquetes por correo postal con unas fotos preciosas que él había tomado y cartas reales con una letra horrorosa. A mi marinovio-mejor-amigo le tenía sin cuidado, sabía que Pucara era completamente inofensivo y que jamás se iba a mover de Buenos Aires. Y así ha sido hasta el día de hoy... Sólo que yo no soy tan inofensiva y sí me he movido por el mundo...
Hace un par de años me toco trabajar en una multinacional, cuya sede era Lima, pero cuya oficina sub-regional estaba ubicada en Buenos Aires y un buen día me tocó ir a trabajar allá por una semanita. Ni le avise a Pucara, más bien lo llame estando allá y se súper emocionó. Yo ni tonta, había llevado el negligé rojo sin estrenar, en la maleta, porque tengo la idea de que cada cosa DEBE cumplir su destino. Sin entrar en detalles, diré que el negligé cumplió con el suyo bastante bien. Pero allí nomás quedó la cosa. Yo ya había pasado esa etapa y sólo quería un choque y fuga extranjero (ah, ya no estaba con mi mejor amigo tampoco, porsiaca).
De regreso a Lima, me estuvo llamando como loco, pero pronto entendió que yo no quería volver a cyber-enmarinoviarme con él y que como cyber-amigos estábamos bastante bien. Y así seguimos hasta el día de hoy. Muy de vez en cuando me sale con que cree que soy la mujer de su vida, pero ¡por favor! Seamos realistas.
Pero si alguna vez viene a Lima y yo estoy des-marinoviada, no tengo ningún inconveniente con que el negligé rojo haga una reaparición.
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